Era fácil dejarse llevar por el momento, abandonarnos al amor y liberarnos de falsas ataduras. Fue fácil olvidarse del mundo, alejarse de las responsabilidades y huir de cualquier problema. Qué sumamente sencillo era robar besos, capturar sonrisas, provocar miradas y sonrojarse hasta notar el ardor en las mejillas. Qué agradable abrazarse y perder el mundo de vista, hundirse en sus ojos y capturar fragancias. Nunca pareció complicado escoger blanco o negro. Hasta que nos dimos cuente que entre ellos existía una infinita escalera de grises. Que difícil se volvió que el momento fuera el correcto, que no tuvieras más que escoger el amor y no existieran ataduras que limitaran. Qué complicado se volvió mantener ese mundo de dos, evitar responsabilidades y suprimir los problemas. Cómo fueron desapareciendo las oportunidades para dulces y apasionados besos, melódicas sonrisas, profundas miradas y mantener el rubor durante el tiempo suficiente para que quedara grabado en la memoria de alguien. Como los ojos dejaron de esconder secretos y no había fragancias que distinguir. Dejo de haber dos opciones. Se multiplicaron y cada uno tenía las suyas propias. Muy distintas a las del otro. Que fácil fue dejar que todo terminará, como si no hubiera ocurrido. Que fácil fue que quedará en el recuerdo, como si fuera una bonita historia de amor que alguna vez leyeron.
domingo, 7 de diciembre de 2014
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