A
veces nos pasamos largos períodos de tiempo sin hablar con alguien, sin
siquiera preguntarnos qué será de ella, si estará contenta o triste, si habrá
conseguido encontrar el amor o si aún sigue con esa persona o si habrá olvidado
a la persona que tanto daño le hizo. No nos preguntamos si habrá conseguido
pasar página, si habrá abierto un nuevo capítulo o si habrá puesto punto y
final. Muy a menudo olvidamos lo que vivimos con alguien, las risas, las
confesiones y secretos que no pudimos reprimir, los recuerdos los suprimimos
para poder seguir adelante, para intentar sobreponernos, no quedarnos en el pasado
y vivir anclados en palabras ya dichas, en frases terminadas, en miradas vacías
y abrazo extintos. A veces pensamos que es mejor así, olvidar todo lo que hemos
vivido con alguien, todo lo que nos ha enseñado, lo que hemos crecido y lo que
somos gracias a él.
Y de
repente pensamos en esa persona, tenemos la necesidad de saber sobre ella, cómo
estará, si se acordará de nosotros o si alguna vez en todo éste lapso de tiempo
hemos aparecido en sus pensamientos. Y es entonces cuando nos golpean todos
esos recuerdos que queríamos borrar, eliminar, lo que nos permitía seguir adelante.
Recordamos aquel día cuando nos conocimos y como un puñado de casualidades nos llevó
a ese día y como otra sucesión nos llevaron a ser lo que llegamos a ser. Y como
nosotros decidimos que era mejor alejarse que intentar salvar cada una de esas
vivencias para dejar paso a otras nuevas. Y cuando nos decidimos a recuperar
aquello que dejamos perder, nos demos cuenta de que siempre nos acompaño, a
cada paso, en cada mirada, en cada respiración, en el latir de nuestro corazón,
en cada beso y abrazo, en cada palabra pronunciada, a cada sonido escuchado y
sentimos que una parte dormida de nosotros despierta.
A veces
olvidamos que somos pedacitos de recuerdo, que acuden a nosotros cuando las
heridas sangran.